Archives
September 24th, 2009
La discusión de si el arte debe ser innovador o no, es una discusión apasionante, aunque por desgracia muchas veces absurda. A mi me gusta oír cosas que me sorprendan, pero sobretodo, me pone nervioso oír cosas que veo que han sido muy evidentes, fáciles y típicas de hacer. Eso no quiere decir, sin embargo, que ese sea un deber del arte, es sólo mi propio gusto (ni siquiera mi opinión), y es obvio que ello influye en lo que yo quiero hacer, y desde luego tengo mis momentos en que disfruto de lo conocido. Es una cuestión de orgullo, una cuestión de naturaleza. Me avergüenza pensar que otros compositores han escrito cosas parecidas a las mías, y es algo que quiero ir remediando poco a poco. Me ocurre en muchos ámbitos: cuando he de hacer un recorrido entre mi casa y algún lugar al que voy muy a menudo (cosa que espero deje de ocurrir algún día) al cabo de cuatro viajes  me aburro, y me gusta buscar rutas nuevas, a veces incluso he de caminar más. Pero como decía, lo absurdo de la discusión es que muchos compositores profetizan la idea de arte nuevo como un imperativo categórico, sin argumentar porqué alguno, y además, lo exigen a los demás, lo que es un poco perverso, más si tenemos en cuenta que suelen hacer todos el mismo arte nuevo de siempre.